Allí estabas acostada en una superficie blanda con patas de acero, cinco seres de indescifrables nombres cogían tu cuerpo domado por la impetuosa fuerza. Hacías esfuerzos increíbles para soltarte, tu llanto sonaba hasta lo profundo del alma, tus ojos buscaban un escape, tus manos temblaban estrepitosamente, mientras el verdugo acechaba con sus armas letales buscando la manera de hacer bien su trabajo, haciendo el menor dolor y causando el mayor espanto.
Allí estabas, y allí nos encontrábamos, mirándonos con ganas de soltarte y dejarte ir libre como lo es tu naturaleza, pero cogiéndote fuerte para que no escaparas y mirando fijamente al verdugo para que terminase más rápido y a la vez para que tu dolor sea menor.
Allí estabas, pero pensabas que nosotros ya no estábamos, pensabas que éramos zombis que hacían caso a una voz mayor y que tus gritos entre palabras entrecruzadas eran huecas para nosotros, pensabas sobre el gran poder del verdugo que no solamente hacía su labor con sus herramientas letales, sino que también dominaba nuestros pensamientos y acciones, pensabas que tu tortura era solamente para acallar alguno de los muchos pecados de tus padres, pensabas que gritando más ibas a despertarnos de nuestro dormitar.
Allí estabas, inmovil con tus ojos cada vez mas grandes, más rojos, más húmedos, más limpios a la vez, mirándonos y pensando que la tortura no iba a terminar.
Allí estabas un día como ayer, pero hoy ya no estás, hoy nuevamente volvíste a tu libertad, a esa libertad por la cuál gritaste, por la cuál ansiaste. Hoy estamos despiertos, ya no en el estado zombi como en el que nos encontrábamos un día como ayer. Hoy estamos otra vez el uno al lado del otro, como siempre fue, como siempre debió ser, como siempre será. Hoy el verdugo es parte de la memoria, que no será borrada de nuestros pensamientos, hoy él ya no está.
No hay comentarios:
Publicar un comentario