26 mar 2012

Como un invisible

(Escrito el martes, 24 de agosto del 2010)

Amanecíste tirado en el suelo, observando como tus hermanos caminan, ventilándose en el aire fresco de la mañana, con sus sombras que les hace sentir como superseres, se miran y caminan orgullosos de lo que la sombra les engaña que hoy son... pero tú, continuas allí, como un invisible para los demás que compartieron contigo de aquellas tardes soleadas y de aquellas comidas que a las ganadas se servían, entre risas y burlas por el que se fue quedando atrás, tus ojos están marcados por la sequedad, sientes que la vida se te va, tu cuerpo lentamente se va haciendo más pesado, no tienes fuerzas para nada, a tus ojos se les va yendo la humedad que disponían, una espesa lágrima cae por tus mejillas y llega al suelo, estás allí recordando lo grandioso que fue pasar un tiempo por la vida.
Cierras los ojos, sientes el tiempo como una eternidad, te levantas y comienzas a correr, saltas y llegas hasta el techo de la habitación, sientes que tu cuerpo es más liviano que antes, sientes que cuando saltas puedes llegar más arriba que antes, sientes que ya no eres el pequeño que fuiste sino que eres distinto, comienzas a sentir el viento soleado que toca tu cuerpo, miras a lo lejos y ves a algunos de tus compañeros que también hacen lo mismo y sueltas un cántico que jamás pudiste escuchar antes, aquel cántico que solamente se pueden escuchar de tiempo en tiempo cuando un ángel canta.
Pero miras hacia abajo y ves a tus hermanos, ellos siguen allí, siguen siendo pequeños, siguen correteándose por un poco de comida entre risas y burlas, siguen buscando quedar en primer lugar... intentas cantar más fuerte para que puedan oirte y puedan ver lo grande que eres ahora, y puedan ver lo tan alto que puedes saltar, pero es vano, ellos siguen vacilando en el tiempo siguen haciendo lo que siempre solias hacer cuando eras pequeño, ellos siguen viviendo como ignorando tu presencia.
 Bajas lentamente, te paras al lado de ellos, pero tus hermanos caminan, conversan, rien, por ratos se ponen tristes, no te das cuenta por qué, pero luego entras por aquella puerta de donde saliste transformado en otro, y miras un ser pequeño tirado en el suelo, con los ojos entreabiertos, con el cuerpo quieto, con el cuerpo acariciado por el viento soleado de la mañana.

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