18 sept 2009

EL SENTIDO DE LA VOCACIÓN


Al volver Don Quijote a casa después de la triste aventura que puso fin a su primera salida, dirige una frase al labrador Pedro Alonso, que lo acompaña, la cual resulta de más hondo significado que todo el largo y clásico discurso a los Cabreros: “Yo sé quién soy”, dice el hidalgo de la Mancha a su incrédulo vecino, “y sé qué puedo ser” y, esto se lo dijo, estando todo molido y maltrecho.
“Yo sé quién soy”. Esas palabras podrían tomarse, por cierto, como simbólicas de la llamada soberbia española, que Quijote encarna. Pero tienen además un sentido más universal y humano. Son palabras de un hombre que se halla firmemente convencido del papel que le toca desempeñar en la vida, es decir, de uno, que posee en grado superlativo el sentido de la vocación. Quijote sabía quién era. Sabía que había nacido para ser brazo de Dios en la tierra, a fin de enderezar todos los entuertos de ella. Consecuente con el sentido que tenía de su misión, no perdió oportunidad de embestir molinos de viento y de dar libertad a galeotes encadenados, nada desmayado en su fe y arrojo por el hecho de que aquellos lo dejaron molido y que éstos, al cobrar su libertad, dieran de pedradas a su libertador. Lo que buscaba no era el éxito ni la gratitud, sino la satisfacción de haber respondido a un llamado íntimo, que le impusiera el deber y no la felicidad como ideal de su vida.
El sentido vocacional del inmortal manchego era a la vez su locura y su gloria. A causa de él “vivió loco”; librado de él en el crepúsculo de la vida, “murió cuerdo”. Per no es como Alonso Quijano el Bueno, sino como Don Quijote el Loco, que será eterna inspiración y enseña de los llamados a desempeñar un papel en el mundo.

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